domingo, 20 de mayo de 2018

Vertientes de bienestar

Jorge Faljo

¿Qué ha sido esencial en el proceso de hacernos humanos y distinguirnos de los animales? Algunos dicen que tener un dedo índice opuesto a los demás dedos fue lo que impulsó andar de pie y desarrollar el cerebro, o el dominio del fuego y su uso para protección y alimentación, o el lenguaje y la comunicación para organizar actividades, o el uso de instrumentos, y muchas otras características. Aquí destaco una: el trabajo.

Los animales interactúan con la naturaleza, pero no trabajan; su evolución es genética y muy lenta. El trabajo transforma, desarrolla, deja una huella inmediata y permanente en la naturaleza y en el ser humano.

Hacer una lanza crea una herramienta recuperable, genera conocimiento transmisible y, finalmente, facilita la cacería. Cuando los antiguos egipcios transformaron el delta pantanoso del rio Nilo facilitaron la producción de alimentos de todas las siguientes generaciones. Cuando los campesinos apilan en bardas las piedras de un terreno facilitan el siguiente cultivo y controlan el acceso de depredadores.

El trabajo se acumula; cada generación crea una capa más de trabajo acumulado y esa es la base del progreso y el mejoramiento de la humanidad.

Los egipcios que drenaron el delta del Nilo incrementaron tanto su producción de alimentos que pudieron mantener una casta político religiosa, un ejército, artesanos, escribas y más. Incluso construir pirámides; una enorme acumulación de trabajo, solo que para un propósito improductivo. Tal vez ocupación útil para el control social.

Hay trabajo que genera bienes para el consumo inmediato y trabajo que se acumula; ahora le llamamos inversión, tal vez porque lo moviliza el dinero. Se puede invertir en transformar la naturaleza, en crear y difundir conocimientos, en construir maquinas herramientas, talleres y fábricas. La inversión es la base del progreso, del aumento de la productividad y del mejoramiento del bienestar futuro.
México no se distingue por su esfuerzo de inversión; es decir por la proporción del trabajo que genera infraestructura, maquinaria, fábricas nuevas, mejoras en la actividad agropecuaria. Según el Banco Mundial en 2016 México destinó 22.86 por ciento de su actividad económica a inversión. Lo que está en el rango promedio mundial. China dedicó el 43 por ciento de su producción a inversión.

Nuestra inversión podría ser mayor; pero el problema no es de cantidad sino de calidad. No es lo mismo drenar un enorme pantano, en el que muchos podrán producir, que concentrar el esfuerzo en una obra faraónica en provecho de pocos.

La inversión en México se encuentra muy concentrada. El paso al modelo neoliberal destruyó el esfuerzo acumulado en las décadas anteriores. Con el argumento de que el gobierno era paternalista y prohijaba un empresariado nacional flojo, abusivo y no competitivo, se instrumentaron políticas que destruyeron buena parte de las empresas manufactureras convencionales.

Como decía el Plan Nacional de Desarrollo de Zedillo el esfuerzo de inversión se orientó a la substitución de capacidades por otras más modernas, concentradas, y sin incremento del producto o del empleo. Echar por la borda lo que teníamos fue un error con un alto costo para la población. La agresión al salario que está en el fondo de toda política neoliberal impidió ampliar el mercado y la convivencia de la producción histórica con la globalizada. De ese modo la globalización arrojó fuera del mercado a la inversión preexistente.

Es paradójico que el empresariado mexicano globalizado, de acuerdo a la OCDE, tiene un bajo desempeño como inversionista. Esto se debe no a la ausencia de ganancia sino a la falta de oportunidades de inversión en el contexto de un mercado interno no solo pobre, sino empobrecido en las últimas décadas. Somos también uno de los países de menor éxito exportador y cuyas exportaciones tienen mayor proporción de insumos importados. Maquileros, pues.

Para crecer y elevar el bienestar necesitamos un cambio de estrategia. Lo urgente es reorientarnos al crecimiento del mercado interno, liderado por mejores ingresos para los trabajadores urbanos y rurales, sin descuidar la rentabilidad empresarial que debe recibir una atención privilegiada.

Para ello el Estado debe recuperar su papel pre neoliberal de ser un potente motor de la inversión productiva. No como factor de concentración en inversiones faraónicas; sino, por lo contrario, como generador del piso básico en el que pueda crecer y darse un empresariado disperso. Es decir, que la rentabilidad y la inversión ocurra en un sinnúmero de empresas urbanas y rurales de todos los tamaños y en un amplio abanico de estratos tecnológicos.

Esto solo es viable si, como ocurre en algunos sectores de las naciones industrializadas, se cuida el día a día de la rentabilidad de los productores. Es a partir de un amplio número de actividades rentables que estas a su vez podrán crecer, crear empleos e integrar avances tecnológicos. Lejos de destruir a los no competitivos hay que crearles posibilidades de rentabilidad e inversión que constituyan la base de un crecimiento de amplia base.

¡Es posible que ganen los trabajadores y también el pequeño y mediano empresariado? Si, ese es de hecho un factor predominante en la historia. Solo que requiere que el mejor ingreso de los trabajadores se oriente al consumo dentro del conjunto de las empresas que les dan empleo. Subir ingresos para comprar importado sería suicida.

La rentabilidad es posible en tres vertientes: Una moneda altamente competitiva; es decir barata. Administrando las importaciones para proteger la producción interna. O con empresas, trabajadores y gobierno organizados en un sector social que sea su propio mercado.


domingo, 13 de mayo de 2018

Si, a regalar dinero

Jorge Faljo

El ofrecimiento de transferencias gubernamentales de dinero a los pobres se ha convertido en el eje de la discusión económica de la campaña electoral en marcha. Cierto que, como se mostró en el primer debate entre presidenciales, los temas más inmediatos y urgentes fueron los relativos a la corrupción y a la violencia que nos ahogan. Pero estos temas difíciles se encuentran agotados y, fuera de las propuestas generales, más bien se desbordaron hacia cuestionamientos personales. Es decir que se agotaron, o entraron en callejones sin salida.

Ahora Meade Kuribreña promete que, si gana, entregará un apoyo de mil 200 pesos mensuales a las jefas de familia. Con eso nos ubica en otra etapa de la discusión económica y social. Modifica no solo su propio discurso, pues no creía en las cifras de pobreza, sino cambia la dinámica de las campañas al sumarse a propuestas similares de los otros punteros.

Anaya sorprendió cuando hizo del ingreso básico universal el eje de su propuesta social. Tal vez fue influenciado por lo moderno de una discusión global que ya el Fondo Monetario Internacional se toma en serio, y personajes como Mark Zuckerberg y Elon Musk consideran inevitable.

Meade, Anaya y López Obrador plantean, con sus diferencias, importantes programas de transferencias sociales: a las jefas de familia, a los jóvenes y la tercera edad, o a todos. Sin olvidar otros antecedentes importantes, como el derecho a un ingreso mínimo establecido en la constitución de la Ciudad de México.

Plantear este tipo de transferencias amplias es indispensable ante los enormes retrocesos de la globalización en cuanto a generación de empleos, ingresos de los trabajadores, la prestación de servicios básicos del estado, y la equidad y bienestar de la población.

Hoy en día las empresas gigantes de la globalización dominan la oferta de prácticamente todos los bienes. Al mismo tiempo reducen su personal, bajan los salarios, pagan menos impuestos y son beneficiarias privilegiadas del gasto público. Debido a que no derraman dinero, vía salarios o impuestos, no permiten una demanda adecuada a los bienes que producen. Su impacto es crecientemente antisocial. Chupan la vida del resto de la economía, imponen sus intereses por sobre todos los demás y exigen cada vez más.

Son las empresas medianas y pequeñas, convencionales y no globalizadas las que, en términos relativos, generan mayor capacidad de consumo de patrones y trabajadores. Pero están desapareciendo del mercado.

Es este contexto el que obliga a los candidatos a ofrecer transferencias de dinero que generen capacidad de consumo entre una población desempleada, mal pagada y empobrecida.

Las transferencias sociales que proponen los tres principales candidatos son indispensables. Pero se quedan cortas en visión estratégica. Les faltan dos elementos. Lo primero es una verdadera reforma fiscal que grave los ingresos de las empresas que tienen grandes ganancias y que, en contraste, generan muy baja demanda. De la limitación a su impacto nocivo debe provenir el financiamiento a las transferencias sociales.

Lo segundo, e incluso más importante, es que no podemos plantearnos un mero nuevo reparto del pastel. Hacerla de Robin Hood tiene sus límites.

El sector globalizado, que se presumía como moderno, pujante y vigoroso, hace agua por varios lados. Ni por su poder político ni por su capacidad económica será posible cargarle un monto de transferencias suficientes para enderezar el rumbo.

Se requiere algo más: reactivar la producción excluida. Hay en el medio rural y urbano cientos de miles de hectáreas, de traspatios rurales, de medianas y pequeñas industrias, de talleres de todo tipo, que se reactivarían por la mera reconexión con la demanda. Es una experiencia probada.

Tal debería ser precisamente el papel de las transferencias del estado: detonar la producción de las enormes capacidades subutilizadas que encuentran dispersas en todo el territorio nacional, que hace algunos años producían casi todo lo necesario al consumo mayoritario.

Una estrategia que encuadraría en el amplio marco constitucional que define al sector social de la economía. Maltratado, descuidado, pero con un enorme potencial de reactivación con inversión mínima.

No hay manera de que la inversión interna y externa nos construya un sector globalizado competitivo, vigoroso y capaz de revertir la pobreza y la inequidad. El riesgo es lo contrario, que entre en declive. Pero las transferencias sociales que proponen los candidatos, bien dirigidas, pudieran ser la semilla de un sector social que si cumpla la tarea.

Además, lo que se invierta como demanda en el sector social podrá vigorizarse y retornar a la economía nacional como una demanda más racional; la de insumos y equipos productivos que también revitalicen la industria nacional.

domingo, 6 de mayo de 2018

Mira como vamos

Jorge Faljo

México enfrenta una disyuntiva histórica: continuismo, o transformación substancial. Ninguna de las dos opciones es estática, en ambas hay evolución, la diferencia es de rumbos. El continuismo es mantener el mismo rumbo, y los resultados obtenidos, en las últimas décadas. Una evolución no solo conocida sino a la que, sobre todo las nuevas generaciones, se han acostumbrado.

Por contraste la transformación substancial sería virar hacia un nuevo rumbo. Lo que inevitablemente genera incertidumbre, incluso temor, pero también esperanza.

¿Qué es lo conocido?

Según el último “Panorama Económico Mundial”, el reporte periódico del Fondo Monetario Internacional, en 2017 la economía mundial creció al 3.8 por ciento y la de México al 2.0 por ciento. Un contraste aún más fuerte se encuentra en el incremento del producto por trabajador que, en la economía mundial, según la misma fuente, habría crecido en un 2.4 por ciento y en México al 1.0 por ciento.

No son diferencias limitadas al último año sobre el que se tienen estos cálculos, sino más bien resultados recurrentes que se asocian al creciente rezago de México en crecimiento, productividad y bienestar dentro del mundo.

Esto ocurre en un contexto de máxima apertura comercial, plena libertad de mercado, fuerte atracción de capitales externos y bajos salarios y fuerte control de la mano de obra. La implicación es evidente: esto no ha sido suficiente. Otras economías, como las orientales, con altas tasas de crecimiento y de incremento de la productividad, lo hacen en condiciones diferentes: gobiernos que orientan la actividad económica, políticas de fortalecimiento industrial y rural, incremento de los ingresos de los trabajadores y fortalecimiento del mercado interno.

Hemos apocado al gobierno; ahora es incapaz de impulsar la economía y paliar la inequidad. Somos un paraíso fiscal. México capta alrededor del 15 por ciento del PIB en ingresos fiscales en tanto que el promedio de los países de la OCDE es de 34 por ciento del PIB. Trabajadores y consumidores son causantes cautivos que pagan sus impuestos. Son las grandes empresas las que no contribuyen conforme a los estándares internacionales.

Según el “Informe Mundial sobre Salarios 2016 – 2017” de la Organización Internacional del Trabajo, el salario medio real en México se redujo en cerca del 12 por ciento en los últimos diez años para los que hay datos. En ese mismo periodo el salario medio real en China creció en 125 por ciento y más de 50 por ciento en la India. Aquí se revela una clara relación entre los mayores incrementos salariales y las mayores tasas de crecimiento del mundo. México no crece porque no crece su mercado interno.

De acuerdo con la Comisión Económica para la América Latina y el Caribe el promedio de la participación salarial en el Producto Interno Bruto de América Latina es del 40 por ciento. México tiene la menor participación salarial con tan solo el 23 por ciento. Tenía alrededor del 50 por ciento de participación salarial hace 35 años y en ese lapso cayo a menos de la mitad. Cifra asociada a la disminución de los salarios reales y al empobrecimiento masivo de la población.

En 1990 México importaba el 37 por ciento de su consumo de arroz y en 2016 el 79 por ciento; Para esos mismos años las importaciones de maíz subieron del 22 al 35 por ciento; las de trigo del 8 al 66 por ciento. Si nos remontamos aún más atrás hubo épocas en que México fue un importante exportador neto de granos básicos.

Con el objeto de atemperar el deterioro de los salarios urbanos se abrió el mercado interno a las importaciones de granos más baratos. Pero ello significó sacrificar a los pequeños productores rurales en vez de alentar el incremento de la productividad. Fue posible solo porque la economía norteamericana absorbió a unos quince millones de emigrantes mexicanos, con o sin papeles.

Este es el rumbo vigente. Continuismo no es quedarnos como estamos; sino conservar estas tendencias dominantes: bajo crecimiento, baja productividad, deterioro salarial, menor participación salarial en la distribución del producto, flaco mercado interno, deterioro de la economía rural y, lo peor, expulsión de población, aun cuando ya no exista vía de escape.

Pensar que este contexto no tiene que ver con los incrementos de la violencia social y doméstica es simplemente no querer ver lo evidente.

Aunque el continuismo es el predominio de la inercia, el ritmo de deterioro se acelera debido a los cambios del entorno mundial. Entre ellos el cierre de la economía norteamericana a los migrantes mexicanos; el surgimiento de movimientos nacionalistas antiglobalizadores en las economías más industrializadas. Esto último en el contexto de una economía global caracterizada por la sobreproducción y la debilidad de la demanda que desembocan en el necesario cierre de empresas. Solo que la localización de estos cierres dependerá de los resultados de la nueva guerra fría comercial entre países y regiones del planeta.

Tal vez lo peor sea lo anunciado por Klaus Schwab, presidente del foro de Davos, como cuarta revolución industrial. Según el inicia una revolución tecnológica en la que la robótica, la inteligencia artificial, el internet que interconecta cosas, los vehículos sin chofer, la nanotecnología, biotecnología, la impresión en tres dimensiones, los nuevos materiales, el manejo de energía y la computación quántica alterarán todo: vida y trabajo.

Lo que significará la desaparición de millones de puestos de trabajo; choferes, cajeros de supermercados, obreros industriales, empleos en sectores de servicios.

Nunca la humanidad había avanzado a ritmo tan acelerado en sofisticación tecnológica y productividad; y a la fecha el resultado es empobrecimiento. La mayor productividad se traduce en menos empleos; y en condiciones de libre mercado el exceso de trabajadores y la escasez de empleo permite pagar cada vez menos.

El continuismo nos impide cambiar y ajustarnos a los cambios que impone el exterior, las nuevas tecnologías y las exigencias de una sociedad herida; nos acerca peligrosamente a convertirnos en Estado fallido, en nación fracasada.

Un cambio substancial presenta incertidumbres y riesgos; todo cambio es en alguna medida traumático. Unos pierden y otros ganan. Tal vez ya es hora de que los que han ganado en demasía, cedan y le hagan espacio al mejoramiento de la mayoría como asunto de sobrevivencia nacional.

sábado, 28 de abril de 2018

¿Es posible la paz?

Jorge Faljo

El cruel asesinato de tres jóvenes estudiantes de cinematografía es otro llamado a nuestras conciencias. Miles de indignados, sobre todo jóvenes, han salido a las calles a exigir la resolución de este crimen y mucho más; seguridad para todos.

Se llevó dos administraciones, las de Fox y Calderón, reconocer que entre los miles de muertos había inocentes. Sus administraciones decían que eran conflictos entre criminales como pretexto para hacer muy poco y convencer a la población en general que el problema no la afectaba.

Ahora sabemos que la ola de asesinatos se llevó, además de inocentes, a multitud de líderes comunitarios y sociales. Ahora son evidentes los asesinatos de candidatos de todos los partidos políticos y entre los blancos más acosados por la violencia se encuentran los periodistas. El crimen se ensaña ante toda forma de organización social o política independiente, y toda denuncia de sus actividades. Lo que incluye lamentablemente la colusión de autoridades.

La brutalidad crece aceleradamente. Según el Sistema Nacional de Seguridad Pública en 2014 hubo 17,336 homicidios dolosos; en 2015 fueron18,707; en 2016 alcanzaron 22,962 y en 2017 se dispararon a 29,168. Nos adentramos en una especie de guerra civil de la peor especie, entre incontables bandos encontrados, y en medio la población desamparada.

Uno de los mejores diagnósticos de la situación se expresó al inicio del primer debate entre los candidatos a la presidencia de la república. Se abrió con el tema de mayor interés para los mexicanos, el de la violencia. Y la pregunta a los candidatos era en sí misma un diagnóstico certero. La transcribo parcialmente.

“… la violencia en nuestro país, medida por los homicidios dolosos, ha alcanzado el mayor nivel de las décadas recientes. Todos los candidatos de todos los partidos en el pasado han prometido tomar medidas concretas, pero hasta ahora ninguna ha funcionado.”

Crece la violencia y nada de lo hecho ha funcionado. Así de simple, y de terrible.

Lo anterior obliga a ver mucho más lejos, con una visión panorámica. Lo que enfrentamos no es una mera multitud de homicidios, secuestros, agresiones, extorsiones, fraudes, asaltos y demás. Así como las bacterias se multiplican en un caldo de cultivo apropiado, o en un cuerpo débil, la criminalidad crece cuando el entorno es incapaz de contenerla.

Sufrimos, desde hace décadas, dos vertientes de debilitamiento que afecta todo el cuerpo social y que lo torna indefenso frente a la criminalidad.

Una parte es el ataque despiadado a la familia. La emigración al extranjero de más de doce millones de mexicanos, en su mayoría adultos jóvenes, se originó en buena medida en un alto sentido de responsabilidad familiar. Salieron para, desde allá, contribuir a la supervivencia de sus parejas, de sus padres, de sus hijos. Su amor se demuestra en dólares; tan solo en 2017 enviaron más de 28 mil millones de dólares a sus parientes.

Pero la mayoría dejó atrás a sus hijos y parejas; las familias se rompieron y eso dificultó la transmisión de los valores éticos de los padres y madres. La idea de que el progreso personal requiere trabajo duro y honesto se perdió para millones de hijos. No extraño que, entre ellos, decenas o cientos de miles buscan salir adelante como sea y contra quien sea y, además con una carga de enorme resentimiento y rabia. De otro modo no me explico la frecuente crueldad sin causa inmediata aparente.

Pero no solo hay familias rotas. La verdad es que la paz familiar requiere una base económica digna. El empobrecimiento masivo tiene consecuencias. Si hace treinta años con un empleo en la familia se podía salir adelante, ahora es imposible. Se tiene que trabajar más tiempo y tal vez más lejos. Este malestar es un factor del importante incremento de la violencia intrafamiliar. La paz al interior de los hogares se ha deteriorado y el incremento del feminicidio es uno de sus indicadores.

Las familias están en crisis de convivencia y esto moldea los aprendizajes y actitudes de todos sus miembros. En particular los menores y adolescentes.

La segunda gran vertiente que ha flaqueado es el Estado y las instituciones públicas en general. Se trata de una autodestrucción orquestada desde adentro por los neoliberales que le fueron cortando facultades al gobierno, a sus instituciones y a sus responsabilidades hasta hacerlo una especie de muñeco que baila al son de los grandes inversionistas.

Los últimos 30 años nos han llevado muy lejos de aquel Estado fuerte nacido de la revolución, del reparto agrario, de la organización de los trabajadores, de la expropiación petrolera e impulsor de la industrialización y del campo. Se abandonó al Estado promotor del crecimiento para dejarlo todo en manos del mercado. Y fracasamos.

Ahora tenemos un Estado enano, con un ingreso fiscal inferior a la mitad del promedio captado por los países de la OCDE. En estas condiciones no puede proporcionar los más elementales servicios y apoyos tendientes a la igualación social: salud, educación y apoyos alimenticios.

Carcomido además por la corrupción, gasta para beneficio de unos cuantos inversionistas. No se encuentra al servicio de una clase social, sino de un conjunto de cómplices.

La solución a la violencia requiere abordar estos dos grandes asuntos. La protección a la familia empezando por el trabajo digno y adecuadamente remunerado y el soporte de servicios y apoyos públicos de calidad. Además, para crecer, invertir y generar empleo se requiere un Estado fuerte que vele por los intereses de todos los mexicanos. Y hoy en día el principal interés de la sociedad es la paz.

domingo, 22 de abril de 2018

Estrategias de gigantes

Jorge Faljo

Trump acaba de acusar a China de devaluar su moneda. Contribuye al objetivo de Estados Unidos de reducir su déficit comercial.

Hace poco impuso aranceles a las importaciones chinas por 50 mil millones de dólares en mercancías; los asiáticos respondieron con una medida similar imponiendo tarifas a las importaciones de, sobre todo, productos agropecuarios norteamericanos.

En el siguiente round Estados Unidos anunció que pondría aranceles a otros 100 mil millones de dólares en mercancías y China pareció no reaccionar. Estados Unidos importó, en 2017, 506 mil millones de dólares de productos chinos. Pero estos últimos compraron solo 130 mil millones de dólares de mercancías norteamericanas; así que ni poniendo aranceles a todas las importaciones gringas alcanzarían el equivalente.

Así que la respuesta China fue filtrar que podría devaluar su moneda.

Cuando un país devalúa su moneda es como si pusiera en oferta toda su producción. Al abaratar su moneda resulta que todo lo que exporta baja de precio. Sus productos son más competitivos en el mercado mundial, sus exportaciones se incrementan y su producción interna, incluyendo la generación de empleo, puede verse favorecida.

Una moneda se deprecia de manera natural cuando las condiciones de mercado inducen su abaratamiento. Por ejemplo, si un país hace muchas importaciones, pero exporta poco, entrarían pocos dólares y gastaría de más. Los dólares escasos serían caros dentro de ese país y esto desalentaría compras al exterior; su moneda, barata respecto al dólar, le permitiría vender más.

Un ejemplo de depreciación impuesta por el mercado fue la que sufrió México a fines de 1994, tras años de un déficit comercial acumulado y de atraer capitales especulativos para impedir la devaluación. Hasta que el modelo tronó con un impacto traumático sobre la población.

Pero esa corrección impuesta por el mercado encareció las importaciones y muchas de ellas, a como se pudo, fueron substituidas por producción interna. Por otro lado, el peso barato provocó un fuerte incremento de las exportaciones. Substituir importaciones y exportar más se logró en condiciones adversas: sin crédito a las empresas, sin inversiones nuevas y con los canales de distribución dislocados. Sin embargo, el país contaba con una especie de reserva secreta de capacidades productivas que repentinamente, con el peso barato, se volvieron competitivos en el mercado interno y en el exterior.

Esa depreciación implicó un retroceso importante; pero si recordamos, después sustentó un crecimiento de alrededor de 5 por ciento anual durante todo un quinquenio. Hasta que el peso se volvió a apreciar y la economía nacional perdió competitividad.

Trump acusa a China de devaluar su moneda para abaratar sus productos y así mantener su enorme superávit no solo con Estados Unidos, sino con todo el mundo. ¿Trump Tiene razón? Contestamos a la mexicana: No, pero si.

Los analistas financieros consideran que el presidente norteamericano se equivoca. En primer lugar, porque China amenazó, pero no ha efectuado una manipulación financiera de corto plazo.

Por otro lado, en una visión de largo plazo, China ha seguido una estrategia que le ha permitido participar en el mercado mundial con una moneda siempre barata.

¿China tiene un enorme superávit, prácticamente permanente, con los Estados Unidos? En 2017 la diferencia entre lo que le vendió y lo que le compró fue 376 mil millones de dólares. El truco, por así decirlo, es que China no emplea los dólares que recibe en comprarle mercancías a los Estados Unidos, sino que se los regresa en forma de préstamos. El país pobre, en camino de convertirse en potencia mundial, le ha prestado enormes cantidades al país rico. El gobierno norteamericano le debe a China 1.177 billones (millones de millones) de dólares.

Al sacar los dólares de estos escasean dentro de china y su población no puede emplearlos para importar productos de consumo extranjeros. Al entrar esos capitales a Estados Unidos generan abundancia temporal, a crédito, fortalecen la moneda norteamericana y su población si puede emplearlos en comprar mercancías chinas.

El propósito presidencial gringo de equilibrar su comercio exterior con China solo puede recurrir a dos mecanismos. Uno es imponer aranceles, lo que causa una fuerte disputa interna porque, si suben de precio los productos chinos se provocarían presiones sociales por mayores salarios (entre otras cosas).

Lo segundo sería regular y disminuir la entrada de capitales financieros chinos. Pero aquí hay una importante dificultad. Esta administración acaba de reducir impuestos y elevar el déficit gubernamental; lo que significa que el gobierno requiere de mayores créditos y resulta que China es su prestamista clave. Para independizarse del financiamiento chino el gobierno norteamericano tendría que haber hecho lo contrario, elevar los impuestos a los más ricos para contar con financiamiento interno.

La estrategia china de exportación de los dólares que gana en sus ventas, ha sido muy exitosa. Le ha permitido crearse clientes, a crédito, en todo el mundo, competir con una moneda barata, generar empleos bien pagados, crear un fuerte mercado interno y convertirse en superpotencia.

Más o menos el reverso de la estrategia mexicana de importar capitales y vender patrimonio, para tener muchos dólares a crédito y ser importadores de todo tipo de chucherías. Nuestra estrategia tiene fuertes costos: baja competitividad internacional, parcialmente compensada con salarios miserables; un mercado interno débil sobre el que no puede crearse una ruta de desarrollo industrial y rural auto sostenido.

Situación que solo puede empeorar con la firma de más tratados de libre comercio con países que cuentan con Estados fuertes, debidamente financiados y que no juegan a ser riquillos comprando a crédito y vendiendo su patrimonio.

Ojalá y en la actual contienda electoral se aborden estos temas fundamentales para el futuro inmediato del país: comercio exterior, salarios y mercado interno, financiamiento del Estado. Todo va de la mano.

lunes, 16 de abril de 2018

Seguimos de necios

Jorge Faljo

La globalización pareció brindarnos un camino seguro para el crecimiento económico, así fuera tan solo el de algunos sectores con tecnología avanzada y asociados a la inversión extranjera. Estos sectores crecieron de manera acelerada, crearon algún empleo, y se nos dijo que el resto de la economía seguiría el ejemplo y la modernización terminaría por incluir a todos.

Nos convertimos en una de las economías más globalizadas del mundo, mucho más, en términos relativos, que la economía norteamericana. Presumimos ser uno de los países con más tratados de libre comercio; aunque el 81 por ciento de nuestras exportaciones permanecieron concentradas en los Estados Unidos.

La decisión de abrir la economía nacional a las importaciones y la inversión externa, tuvo un fuerte contenido político. No se trataba tan solo de una nueva racionalidad económica. La elite buscaba deshacerse de las corrientes nacionalistas que propugnaban por un camino propio en el desarrollo industrial y rural, que habían sido notablemente exitosos y se asociaban al fortalecimiento del consumo mayoritario.

Pero el punto de origen había sido la expropiación de la tierra, la regulación estatal del mercado de granos, el control del comercio externo y la intervención directa en la economía. Todo lo cual era visto como contrario al sector privado, restringía sus campos de expansión y limitaba su rentabilidad.

Así que la lucha contra el modelo nacionalista se pintó de modernización, apertura, libertad de mercado y, sobre todo, alianza con los grandes capitales externos a los que se invitó a traer su dinero y modernizar el país. Pudimos presumir, por años, de ser el país de mayor inversión extranjera directa, mayor inversión de cartera y mayores ganancias en la bolsa de valores. La alianza fue exitosa y en ella fincó su seguridad la elite nacional.

El costo para las mayorías fue enorme. La población se empobreció, el poder adquisitivo del salario mínimo real se redujo a la cuarta parte; los productores campesinos fueron abandonados por el estado, la mayoría de los profesionistas del sector rural, de la noche a la mañana se vieron ante un futuro desolador, y el país tuvo que expulsar a alrededor de 15 millones de mexicanos. Millones de familias fueron semi destruidas.

Ahora la situación es trágica porque el alto costo pagado nos compró un boleto globalizador que ya no lleva a ninguna parte. El mundo se transformó y el gran país vecino, cuyo modelo imitamos en versión patito, cambia, o se convulsiona, sin que tenga claro su rumbo.

Que Trump le advierta a Rusia que le van a llover misiles “bonitos e inteligentes” en Siria es muy llamativo. Lo es también que el FBI haya cateado la oficina y vivienda de su abogado personal. O que una oleada de congresistas republicanos declare que no luchará por su reelección por desencanto o temor a que los barra el partido demócrata. La Casa Blanca norteamericana es un espectáculo de todos los días. Pero de todo ese novelón hay que resaltar lo que más nos puede afectar a los mexicanos.

Trump primero le puso aranceles a importaciones de productos chinos equivalentes a 50 mil millones. China respondió con medidas similares, entre ellas aranceles a la importación de soya norteamericana y a otros productos agropecuarios. El golpe apunta a la base electoral rural del Donaldo, lo que lo enfureció y anunció aranceles a otros 100 mil millones de dólares de mercancías chinas.

El golpe es fuerte porque alrededor del 40 por ciento de las exportaciones de soya norteamericanas van a China. Este país lo emplea para alimentar a su enorme producción de cerdos y para producir aceite.

Coincide con que la agencia ambiental norteamericana ha incrementado de manera notable las dispensas a las refinerías que les permiten reducir o eliminar el etanol que por ley añaden a la gasolina. El etanol proviene del maíz y la medida reduce su demanda y empieza a golpear a los productores de Estados Unidos. Se agrava la crisis de sobreproducción del sector agropecuario norteamericano.

Muy posiblemente esta es la razón principal por la que Trump ha metido reversa y ahora plantea la posibilidad de afiliarse al TPP11, la unión de once países de la cuenca del pacífico. Es decir que, con la negociación adecuada, intentará volcar hacia ellos los excedentes agropecuarios norteamericanos. Sin olvidar que su primer objetivo explícito en la renegociación del TLCAN es favorecer a su agricultura.

México tiene un comercio crónicamente deficitario con los países de este tratado, que podría agravarse al entrar en vigor en 2019. En particular las industrias del calzado y del vestido le piden al senado que no lo avale, que no lo ratifique, porque se encuentran en grave riesgo con sus miles de empleos.

En Malasia y, sobre todo Vietnam, se han seguido estrategias de apoyo público que los han convertido en potencias textiles y del calzado. Sin olvidar que este último país se convirtió en el gran productor cafetalero del mundo, mientras en México se dejó el sector a su suerte.

Cuando Estados Unidos le puso aranceles al acero chino la Cámara Nacional del Acero pidió, y obtuvo, del gobierno mexicano medidas restrictivas a las importaciones de ciertos tipos de acero cuya sobreproducción y abaratamiento internacional la amenazaban.

¿Tomará el gobierno mexicano medidas para evitar impactos negativos en los sectores textil, del calzado, la producción de soya y maíz, el sector cafetalero y otros? O seguiremos campantes en una estrategia de libre mercado de alto costo social. Es un camino fracasado en buena medida porque no se vio, como en China o Vietnam, acompañado por una estrategia de apoyo gubernamental y de fortalecimiento del mercado interno.

No obstante, nuestras elites parecen pensar que las alternativas son sólo dos: profundizar en la globalización dogmática o, lo que temen, un “regreso al pasado”. Más vale que se pongan las pilas, abandonen su simplismo y diseñen un blindaje para estos sectores empresariales, como paso necesario a una estrategia de fortalecimiento del mercado interno y mayor equidad e inclusión de todos los mexicanos.

martes, 10 de abril de 2018

Frustraciones del vecino

Jorge Faljo

Decía mi abuelita “no busco quien me la hizo sino quien me la pague”. Tiempo después entendí que era un dicho popular que, con ironía, describe una conducta absurda, aunque frecuente. El enojado busca con quien desquitarse cuando no puede hacerlo con el culpable de su desdicha.

Eso es lo que dio a entender el presidente Peña Nieto cuando le sugiere a Trump que si se encuentra frustrado por asuntos de política interna no se desahogue con los mexicanos.

Y es que la lista de motivos de frustración para Trump es larga y en continua ampliación. Sin embargo, en el caso de este güero no se trata de mero desahogo; el tipo tiene un instinto afilado para distraer la atención y crear la impresión de que lejos de fracasar es una especie de héroe en combate permanente.

Militarizar su frontera sur con algunos miles de reservistas de la guardia nacional es un discurso grandilocuente que tapa el hecho de que no consiguió los fondos para construir su muro faraónico y que, obviamente México no lo pagará. Que no está de más decirlo, ya antes varios presidentes de estados Unidos habían militarizado la frontera, entre ellos Obama y Bush.

Pero Donald Trump hace escandalo porque tiene muchas otras cosas que tapar con sus desplantes.

Trump, su familia y sus colaboradores cercanos se encuentran dentro de un cerco que se va cerrando lentamente y que pone al descubierto que es un pésimo empresario y su éxito se debe a que sus negocios han servido para lavar el dinero sucio de los grandes oligarcas rusos. Día con día crecen las evidencias de que ha interferido con las investigaciones en torno a los indicios de colaboración de sus allegados con las actividades rusas, ya comprobadas, para favorecerlo como candidato presidencial.

En el colmo de lo aberrante Trump ha sido demandado por una sexonegociante, que en sus buenos tiempos fue la reina del porno, para dejar sin validez un contrato que la obliga al silencio sobre sus relaciones íntimas con el ahora presidente norteamericano. Ese contrato lo firmó la hermosa pechugona a cambio de 130 mil dólares pagados, “de su bolsillo” por el abogado del Donaldo. Solo que ella quiere verse libre del trato para, según parece, poder mostrar fotos y videos íntimos y narrar una versión detallada de sus encuentros.

Estas frustraciones posiblemente sean las más personales e importantes para Trump; pero hay otras que se asocian con lo que podríamos llamar el despertar de la rebeldía social norteamericana.

La marcha de las mujeres de 2017 incluyó a cuatro millones de gentes, mujeres y hombres, en centenares de eventos distintos. El objetivo fue protestar contra el trato discriminatorio y sexista que se ha visto acentuado por este presidente misógino. A estas protestas prácticamente continuas se asocian oleadas de denuncias que han logrado destituir a magnates de los medios e importantes políticos de derecha.

El movimiento “las vidas de los negros son importantes” es una de las crecientes expresiones de rabia de la población afroamericana ante las condiciones de violencia en las que viven, incluyendo los numerosos hechos de violencia y asesinatos injustificados por parte de la misma policía.

Los adolescentes norteamericanos, básicamente estudiantes de secundaria y preparatoria, sorprendieron por su capacidad para protestar contra la facilidad con la que se venden armas de alto poder en su país. Una gran marcha de cerca de un millón de jóvenes en Washington y otros centenares de eventos subrayaron su exigencia de seguridad no solo en las escuelas, sino en todo centro de reunión, cines, plazas comerciales y demás. De manera repentina, después de otro tiroteo sangriento, surgieron como una notable fuerza política que enfrenta a los congresistas que reciben fuertes donativos de la poderosa asociación nacional del rifle.

Trump amenaza expulsara a centenares de miles de jóvenes que llegaron a los Estados Unidos siendo niños, son los llamados Daca. Pero estos no se quedan callados; se expresan en marchas y plantones demandando seguridad migratoria para ellos y otros millones de amenazados.

Una huelga de 20 mil maestros en el estado de Virginia del Oeste logró cerrar todas las escuelas del estado para exigir un incremento salarial y seguridad en sus pensiones. Ganaron la pelea a pesar de que lo que hicieron era claramente ilegal.

Su ejemplo genera nuevos movimientos de maestros en Arizona, Ohio y Oklahoma en los que, además de mejores condiciones laborales, demandan que se restituyan los presupuestos educativos reducidos en los últimos años. Los liderazgos formales fueron rebasados por un movimiento de base organizado mediante el uso de redes sociales. Los maestros no tienen derecho de huelga así que recurren, por ejemplo, a reportarse enfermos y van a sus marchas y plantones en los palacios de gobierno estatales.

Las protestas y demandas de las mujeres, los afroamericanos, los inmigrantes jóvenes, los adolescentes, los maestros son chispas que confluyen en contra del partido republicano y, al mismo tiempo, exigen la renovación y conquista por las bases sociales del partido demócrata.

Trump tiene muchas razones para estar frustrado y tratar de distraer. Tuvo un gran triunfo gracias a que ofreció estar del lado de los trabajadores. Pero no ha dudado en favorecer a los milmillonarios y atacar a la mayoría trabajadora. Ha logrado hacer mucho daño. Pero, si las tendencias se sostienen, es posible que el pueblo norteamericano consiga un importante avance progresista en las siguientes elecciones.